El Árbol Fuera del Muro

Hubo un hombre que plantó un jardín y lo cercó con un muro.
Lo regó, lo cuidó, y con los años muchos árboles crecieron allí.
Con ellos se alimentaba a sí mismo, y compartía con los demás.

Había algunos altos, frondosos y floridos, muy llamativos.
Otros permanecían menos vistosos, y más alejados del paso habitual de aquel hombre.

A los que consideraba más útiles, los colocaba en un lugar con una sombra especial.
Les daba agua constante y un trato cercano.
A los que crecían más lejos, solo los observaba, por si acaso daban algún fruto visible.

Cada mañana, el jardinero recorría su jardín, señalando:

—Este sirve. Este también… Aquel, no tanto.

Al que no servía, lo arrancaba de raíz.
Y si algún árbol le parecía torcido, o si alguna rama crecía hacia donde él no había previsto, decía:

—Ese quizá sirva... A ver si se endereza.

Pero un día apareció un brote fuera del muro.
Nadie lo había sembrado allí, y sin embargo, creció.
Recibía luz directa, lluvia del cielo, y el aliento del viento.
No tenía guía, ni quien lo podara, ni quien lo encaminara;
solo la fuerza de la savia lo hacía medrar hacia lo ancho y lo alto.

El jardinero lo desechó,
porque al no tener cobertura ni forma adecuada, pensó que nunca serviría.
Pero el brote, sin defenderse, siguió creciendo.
Y un día dio fruto: dulce, firme, limpio.

Según crecía, los pájaros atraídos por su fruto comenzaron a posarse sobre sus ramas,
a cobijarse bajo su sombra,
y al comer, esparcían sus semillas.
Y aquel árbol se reproducía por todo el territorio.

Entonces el jardinero, impotente y frustrado, murmuraba,
cansado y aprisionado junto a sus árboles y plantas:

—¿Cómo puede ser?
¿Por qué estos árboles, que he trabajado y han servido tantos años,
no tienen esa frescura, ni esa abundancia de fruto,
dando a veces frutos vacíos y amargos?

Pensó en arrancar el árbol y trasplantarlo dentro de sus muros,
pero ya estaba tan arraigado que resultaba inviable.

En aquel momento pasó por allí otro Jardinero,
y habló en secreto al árbol desechado:

—Tú no eres menos por no estar dentro.
Yo te planté donde quise.
No te dejé fuera: te reservé.
El muro que otros levantaron no me detiene a mí.
Yo riego a quien quiero,
y doy fruto donde me place.

Y así fue como el árbol fuera del muro comenzó a extenderse,
creando un próspero jardín.
No competía con el otro, que quedó apresado dentro.
Solo crecía.

Y todo el que se acercaba a él hallaba reposo y alimento bajo su sombra.
Y este jardín acabó llenando toda la tierra que tocaba.

Así es el Reino de los Cielos:
parecido a este árbol,
que sencillamente y en silencio
continuó cobijando la tierra con su sombra,
y multiplicando con sus frutos la semilla del Reino,
llegando hasta lo último de la tierra.

Pero el hombre que no quiso ver,
e insistió en su buena obra,
quedó atrapado junto a sus árboles,
maldiciendo y víctima de sí mismo,
molesto y ahogado por su incredulidad ante lo que estaba sucediendo.


Porque el Reino de Dios no es del que quiere, ni del que corre,
sino de Dios que tiene misericordia,
y recoge fruto donde nadie sembró,
y se gloría en aquello que los hombres desecharon.                                                                      

Porque en el Reino de Dios, no es contado el salario como gracia sino como deuda, pero al que no obra, sino que cree en el que declara justo al impío, su fe le es contada como justicia.

El que tiene oídos, que oiga.

Comentarios

Entradas populares de este blog

¿Sientes un Vacío en la Iglesia? 5 verdades olvidadas que podrían cambiarlo todo.

EL ÚLTIMO ENEMIGO