LAS SENDAS DE LA LIBERTAD


De la misma forma en que describimos como “un preso institucionalizado” a alguien que lleva tanto tiempo encarcelado que considera estar mejor dentro que fuera de la cárcel, ¿qué ocurre con quien ha pasado tanto tiempo encerrado dentro de sí mismo y de su círculo interno de relaciones que prefiere quedarse así?

Empezaré con un autoanálisis sobre esto. Cuando me invade un fuerte sentimiento de insatisfacción por no poder salir a vivir aquello que una parte de mí anhela, cuando la frustración ante el paso del tiempo me ahoga y la técnica de los procesos no logra inspirarme internamente, leo los pensamientos que se proyectan en mi mente y veo que solo me queda rendirme y quedar bien con “ellos”.

Pero, ¿quiénes son “ellos”? Lo que está bien para el mundo, lo que la sociedad espera, lo que dicta la norma en cada lugar, lo que aprueban mi comunidad, mis amigos, mi familia y, en última instancia, lo que yo mismo espero de mí. Ellos son “ellos”. Así descubro que mi mente intenta institucionalizarme dentro de mí mismo, ahorrándose el esfuerzo de perder energía en el conflicto, convenciéndome de que así estaré mejor.

Ahora bien, cuando esto no solo le ocurre a un individuo, sino también a los demás miembros de su familia, amigos, de su comunidad, del lugar donde reside y trabaja, de la sociedad y del mundo en general, esta condición se transforma en una pandemia. Sus efectos son los mismos que manifiestan los presos institucionalizados y, si observamos objetiva y honestamente, podemos verlos primero en nosotros mismos y luego en quienes nos rodean.

Desarrollamos comportamientos que nos permiten adaptarnos y sobrevivir dentro de las normas, a costa de perder nuestra autonomía personal. Al nacer, nos imponen un número, en nuestro caso un DNI, un uniforme para cada ocasión y reglas estrictas que diluyen nuestra individualidad.

Nos acostumbran a que otros tomen decisiones por nosotros (horarios, comida, rutina, etc.), lo que genera apatía y dependencia. Esta vida se convierte en nuestra única realidad, y la sola idea de salir a buscar aquello que anhelamos nos genera ansiedad. Ese miedo se manifiesta en forma de desconfianza hacia lo desconocido: hacia aquellos que no conocemos, que no viven como esperamos, que tienen hábitos diferentes, hacia quienes comparten con nosotros un inhóspito ascensor o el vagón del metro sin ser reconocidos. Pero, sobre todo, tememos ser vistos de una manera distinta a la que estamos acostumbrados a mostrar y a la que hemos acostumbrado a los demás. Porque cuando esto sucede, incluso ellos se transforman en desconocidos.

Así, perdemos la esperanza de cambiar nuestro destino y nos habituamos a la monotonía de “la prisión”, lo que en términos penitenciarios se conoce como "el síndrome de la resignación". Sin miedo a equivocarme, diré que terminamos aceptando cierto grado de violencia como parte de nuestra cotidianidad, reduciendo así nuestra capacidad de vivir en ambientes libres de agresión. En realidad, lo que ocurre es que, paulatinamente, nos adaptamos a la violencia.

En cuanto al comportamiento y las relaciones, seguimos las reglas de manera automática, incluso cuando carecen de sentido, porque el castigo, abierto u oculto, es una constante. Esta estructura rígida elimina la necesidad de tomar decisiones personales, lo que nos lleva a perder la iniciativa y la creatividad. Surgen estructuras de poder, jerarquías encubiertas que se organizan de forma parecida a bandas con líderes internos. Entre estas dinámicas encontramos un mecanismo común: el chisme. Lo vemos diariamente y lo aceptamos como algo inofensivo, pero en realidad, no es otra cosa que una estrategia de supervivencia para identificar amenazas. Aunque, paradójicamente, las palabras no son inocentes.

Así, las relaciones interpersonales se tornan interesadas y desconfiadas, afectando nuestras habilidades sociales y dificultando la confianza en los demás.

¿Qué tiene que ver todo esto con la realidad de la vida?

Creo que nada. Sospecho que la decisión de Dios de hacernos libres no tiene nada que ver con la experiencia humana hasta la fecha. No todos vivimos así, es cierto, pero sí muchos… quizás la mayoría, incluyendo a quienes buscan la realidad de la vida mediante su relación con Dios.

Cuando decidimos enfrentar esta condición y luchamos por salir de ella, nos encontramos con sendas ineludibles hacia la libertad. La falta de estructura puede resultar abrumadora, pues hemos pasado años siguiendo reglas estrictas. Nos sentimos desconectados de la vida, sin propósito, cuando la realidad es que el propósito siempre ha estado allí: la vida misma, aunque nunca la hemos conocido.

Aquí es donde aparecen los pozos de la depresión y la desesperanza, de los cuales no todos logran salir. Nos sentimos incapaces de gestionar aspectos básicos de la vida cotidiana, lo que en realidad no es más que la dificultad de tomar decisiones. Descubrimos que no encajamos en la vida porque la desconocemos, y la soledad se convierte en un peso abrumador, como el sol de mediodía.

Al intentar reintegrarnos en la “vida normal” —que absurdamente es la menos común de las vidas—, nos damos cuenta de que las habilidades adquiridas en el encierro tienen poco valor. La intuición y la conexión con los demás no se han desarrollado; nos cuesta discernir en aquello qué debemos participar sin emitir juicios de valor. El gozo nos es ajeno, sobre todo en la dificultad. La paciencia y el amor inquebrantables, tan naturales para Dios, son los grandes ignorados.

Aprender a enfrentar los pensamientos esclavizantes es algo nuevo. Somos analfabetos en los idiomas de la vida. Lo espiritual, intrínseco en nosotros, es un mar nunca navegado. Salud, discernimiento y capacidad de acción no eran compatibles con la esclavitud, por lo que permanecieron latentes desde nuestro nacimiento. Y, por supuesto, ignorábamos el inmenso poder de las palabras.

Otra gran desatendida es la dirección de Dios, tan incontrolable y ambigua para la mente y las emociones, pero que se manifiesta intuitivamente y nos revela la unión innata que tenemos con los demás, porque todos somos parte de un mismo ser integral. Esta revelación nos llena de dudas, y el sentirnos extraños nos sumerge en lo que podría llamarse “el estigma del exconvicto”. Nos sentimos como novatos en la tecnología de la vida, torpes al intentar manejarla. La anomalía de pasar de una vida subnormal (por debajo de lo normal) a una vida supernormal se hace evidente.

Y, ¿qué decir de la auténtica familia? Esa familia de seres humanos libres… Nada más auténtico, y a la vez, nada más extraño.

¿Qué hacer ante este nuevo universo que siempre estuvo oculto ante nuestros ojos? Solo conocemos la vida en prisión, y regresar a ella es lo más fácil, porque es el camino labrado en nuestra memoria. Son caminos falsos, volátiles, y pronto desaparecerán. Pero mientras tanto, ¿qué haremos?

Algunos caeremos y nos levantaremos todas las veces que haga falta. Otros buscarán el abrigo fácil de la cárcel, a un alto precio, pero fácil al fin y al cabo. Luego saldrán y volverán a entrar, atrapados en la tibieza del “síndrome de la puerta giratoria”.

Estos efectos son los mismos que padece un preso institucionalizado. Por eso cada persona, cada hogar, cada comunidad, cada lugar, la sociedad y el mundo entero se convierten en un campo de concentración, solo que “los nazis” los llevamos dentro. Si aún no lo ves, dale tiempo al tiempo.

Nuestra dependencia psicológica y social nos hace funcionales dentro del sistema, pero disfuncionales ante la verdadera vida, la vida eterna. Solo la reconciliación con Dios —fuente de nuestra libertad auténtica— puede restaurar la integración de nuestro espíritu, alma y cuerpo, devolviéndonos la autonomía y el sentido de pertenencia original.

Es un camino, una senda real. Es la vida misma.

 

Ciudad eterna,

Habitación secreta de Jesús,

Alcoba de Dios,

Tus cortinas están abiertas,

El aire freso del alba traspasa la casa,

Las celosías de tus ventanas,

Lloran con el rocío de la mañana,

A la quietud del mediodía,

Acompasan los latidos,

De un alma viva.

Por la tarde reposan

Tus manantiales de aguas.

Y cuando sale la luna…

¡Ay cuándo sale la luna!...

Todo lo que no veía veo,

Los ojos verdaderos de una persona callada,

De una persona,

Nada más, nada menos.

 

 


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